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Ganador del Concurso Relato Breve 2011

Té para un moribundo

(de David Valero)

Teodoro cerró los ojos, levantó los brazos como Kate Winslet en Titanic y se preparó para saltar al vacío. Se podría decir que era un hombre estevado, pero es más exacto afirmar que, con los pies juntos, el hueco entre sus piernas tomaba la forma de una campana de Gauss. La mirada de sus ojos quizá se confundiese de lejos con un viso de esperanza, o ternura, o bonhomía, pero sólo cuando se examinaba de cerca se tenía la constancia de que era la mirada de un loco.

El temblor en sus manos, ¿era de frío, de cansancio o de enfermedad?, puede que no, que sólo fuese el miedo y la desolación. Y la grieta abierta en su mandíbula, que tras mucho contemplar se camuflaba en un intento de sonrisa, se debía al esfuerzo de trepar a la cornisa de aquel edificio para saltar al vacío y dejar allí sesenta kilos de tristura, de canas que salen antes de tiempo, de paranoias, de cigarrillos despanzurrados en el cenicero de una barra grasienta de bar, de mañanas heladas sin sol que caliente y de latas de cerveza que se vacían en un sorbo y se lloran un eructo después. Pero Teodoro no saltó. O sería más exacto afirmar que un patético ataque de vértigo introdujo un mareo en su cabeza transformando sus neuronas en copos de nieve dentro de una esfera de cristal que se agita; pudo haber caído para adelante o para atrás, quizá la agonía adherida en su espalda era ya un peso o es que simplemente la gente tiende a caer hacia atrás, de cualquier forma el hematoma en su trasero sustituyó al pringue rojo en la acera. Teodoro, como respuesta instintiva al ataque de vértigo, se puso a vomitar; y como respuesta instintiva al vómito, vomitó un poco más.

No es fácil escoger un buen método. Menos aún si te mareas mirando un yoyó. Teodoro bajó a su piso, cerró los ojos y dispuso la sierra del cuchillo en su muñeca de forma que con un poco de zigzag, de frotar, de hender y de apretar los dientes alguna arteria se rompiese y el brote de sangre fuese irrestañable. Así, con los ojos cerrados, sintió el primer pinchazo en la carne y cuando al abrir una rendija se dio cuenta de la minúscula gotita de sangre que resbaló en un hilillo hasta el codo, cayeron al suelo el cuchillo, Teodoro y parte de su dignidad. La otra parte aún estaba esperándole en la terraza, gritando:

¡Vamos, venga, sube aquí de una puñetera vez y termina lo que has empezado, es ahora o nunca!

Teodoro se levantó y fue corriendo al lavabo para limpiarse la herida. La puso unos cinco minutos bajo un chorro de agua, la enjabonó, la desinfectó con alcohol, puso unas gotas de mercromina —con muchísimo cuidado de no manchar nada— y la envolvió en un par de metros de gasa después de cubrirla con algodón. Hecho esto, decidió que el mejor método era salir a la calle. Tal vez le cayera una maceta rebelde y le abriera la cabeza, o le cayera un relámpago y lo sofriera, o un atracador desalmado le pidiera un cigarrito y entre una cosa y otra acabara metiéndole el cuchillo por el sobaco y seccionándole la yugular y adiós mundo cruel, o explotara una bomba, o estallara una guerra civil y él estuviera en medio de todo, o se viera metido en una pelea de punkis. O a lo mejor cerraba los ojos y llegaba el fin del mundo de una forma limpia, antiséptica e indolora. Cuando abrió la puerta del portal y salió a la calle se puso a dar vueltas y a mirar de un lado a otro, de puro nervio empezó a morderse las uñas, sintió arcadas al ver la guarrada que estaba haciendo, tuvo la idea repentina de comerse los dedos de la mano a ver si le pasaba algo pero la desechó, y optó por aguantar la respiración, pero se fijó en lo transitada que estaba la carretera. Escogió un coche limpio, uno nuevo, sin manchas de barro, con la matrícula inmaculada, los cristales impolutos y la carrocería brillante. Cogió carrerilla, se lanzó como una exhalación hacia su objetivo pero se detuvo porque no llegó a tiempo y el coche contra el que se iba a estrellar estaba hecho cisco. Repitió el intento varias veces con igual resultado. A su última víctima llegó ya cansado y el coche estaba parado en un semáforo, así que lo que hizo fue dar un saltito de medio metro, estrellándose contra el cristal sin lograr hacerse ni un rasguño, maniobra que no gustó nada al conductor. Con lo poco que le quedaba de oxígeno salió zumbando para esconderse en cualquier lugar. Al menos casi consiguió morir asfixiado. Y en ese instante se cruzó ante él su última salvación: la barredora del ayuntamiento, un rectángulo blanco e impoluto que disparaba agua y jabón y que circulaba a una velocidad perfecta para que le diese tiempo a tumbarse en la acera y dejarse atropellar. Tener el valor de tumbarse encima de un montón de porquería era otro cantar. Y aun así lo hizo.

Su trasero se mojó en el quimo de la sociedad.

Sus manos palparon el polvo de miles de suelas de zapatos.

La mierda de perro.

Los escupitajos y los mocos y los chicles pegajosos, las cáscaras de pipas, las colillas.

Y las cucarachas.

Se había deslizado con cautela, agachado para que no le viese el conductor, y con tiempo suficiente esperaba ya el fatal desenlace. Su corazón palpitaba tan rápido que sentía la sangre salirle a chorros del pecho, podía notar cada partícula de polvo y los dedos se le pegaban al tocar la mezcla de sustancias viscosas que se había formado bajo la palma de su mano, cuando un cosquilleo se sumó a ese cúmulo de sensaciones. Al mirarse la mano en la que sentía el cosquilleo vio una cucaracha enorme que movía las antenas y que se escurrió disparada bajo su camisa cuando Teodoro comenzó a chillar, a moverse frenéticamente y por fin a cerrar los ojos tras una taquicardia que era, dicho de alguna manera, una consecuencia anunciada.

—TEDEORO—

ABRIÓ LOS OJOS EN LA CABAÑA oscura y húmeda debajo de un puente que estaba a pocos metros del incidente. Allí malvivía el vagabundo que le había recogido después de que el conductor hubiese dado la voz de alarma. El vagabundo puso a calentar agua en un cazo, para hacer algún tipo de sopa asquerosa, pensó Tedeoro. Mientras el agua hervía cogió un tarro que contenía unas hierbas que parecían salidas de la despensa de una bruja del bosque, un pichel y una taza. En la cabaña no había mucho más: se veían trozos de tocino en un rincón, pan reseco, un jergón, un aguamanil y algunos cacharros colgando de clavos de las paredes; no era necesario mucha más luz de la poca que allí había para comprobar que la suciedad era dueña y señora. Tedeoro se estremeció sólo de pensar en lo que podría corretear junto a él… pensó sin remedio en aquella escena de Indiana Jones en la que están andando por un pasillo y escuchan que el suelo cruje, y cuando encienden una antorcha ven que está todo lleno de insectos.

—¿Estás bien? —preguntó el vagabundo.

Tedeoro sonrió, algo azorado.

—Pensé que te habían atropellado. Al final fue sólo un desmayo… de un par de horas. Te traje aquí porque como en la ciudad solo hay mirones y cotillas no creo que nadie hubiese hecho nada. Puedes irte si quieres.

—¿Qué es eso? —preguntó, señalando el tarro de las hierbas.

—¿Esto? Es Pu-erh, es decir, té rojo. Me lo da un amigo, si uno sabe arreglárselas puede permitirse pequeños placeres —guiñó un ojo—. Te vendrá bien una taza.

El vagabundo vertió el agua en el pichel.

—Agua a más de noventa grados, sin llegar a hervir, se pone el té en el agua y se deja en infusión de tres a cinco minutos —dijo de memoria—. Lástima que no tenga ni tetera ni infusor, pero tampoco se le pueden pedir peras al olmo, ¿no? Se le pone azúcar al gusto, en el caso del té rojo se bebe caliente y sin más añadidos. A veces Óscar… es decir, mi amigo, me trae té negro y cuando tengo leche se la añado. Un Darjeeling, un English Breakfast, un Lapsang Souchong, que es el té preferido Sherlock Holmes, un Earl Grey, ¡es delicioso! O en ocasiones me trae té verde, té blanco, té azul…

—Sabes mucho de tés.

—¡Es mi vida! Yo, antes, es decir, cuando no vivía en esta cabaña, era un erudito. Te sabría decir todas las variedades de té rojo cultivadas en China y sus respectivas regiones, las rutas comerciales, te hablaría del té blanco, que a diferencia del resto de tés usa los brotes en lugar de las hojas, o de las diferencias entre los tés verdes cultivados en China y en Japón, podría contarte de pe a pa toda la historia del té y su introducción en Inglaterra, la vida de sir Thomas Lipton… en fin. He probado el té en Inglaterra, en Irlanda, en China, en Japón, en la India, en Sri Lanka, ¿has visto alguna vez cómo sirven el té en los puestos callejeros de la India?

—¿Y qué te ocurrió?

—Aguarda un momento, el té está listo.

El vagabundo cogió el colador y vertió el té del pichel en su taza y en otra más que había cogido del montón de cacharros. Guardaba azúcar en un saquito. Cuando hubo endulzado las tazas empezó a hablar.

—Aquí tienes. Pruébalo, sin miedo. ¿Te gusta?

Tedeoro dio un sorbito. Aunque estaba muy caliente apreció sabores y matices que eran nuevos para él: se trataba de una bebida en la que se distinguían toques de tierra y de madera, podía notar el campo en aquella taza, era un sabor milenario, rústico, agradable, que le recorrió en un escalofrío de placer toda la espalda y le hizo suspirar, invadiéndole una sensación de bienestar que le recordaba a cuando de pequeño se sentaba junto a la chimenea y se ponía a leer. En el segundo sorbo su boca estaba empapada ya de aquel aroma y le supo aún mejor.

—¡Ya lo creo que te gusta! —dijo el vagabundo riendo—. ¿Notas la tierra y la madera, sientes ya el bienestar? Pues no sólo es bueno su sabor y esa sensación tan agradable que produce, también tiene infinitas propiedades: buen digestivo, bueno para la grasa y el colesterol, previene infecciones…

—Ibas a contarme tu historia.

—¡Oh, sí, es verdad! Bueno, verás, tal día como hoy, es decir, de hace unos quince años atrás, estaba tomando una taza de té, pero en lugar de en una cabaña en un salón de sesenta metros cuadrados. A partir de ahí las cosas empezaron a salir mal.

Perdió la noción del tiempo mientras aquel viejo excéntrico le contaba las peripecias de su vida y le comentaba un sinnúmero de anécdotas y datos sobre el mundo del té. Cuando abandonó la cabaña la tarde estaba avanzada: habían pasado horas, pero aunque sentía un hambre atroz pasó antes por una tienda de la que le había hablado el vagabundo. Allí compró todo lo necesario para preparar su primer té: una tetera, un infusor, una cucharilla dosificadora, varias tazas y un termómetro. Pero sobre todo el té: compró brotes luminosos, Sencha, perlas de jazmín, Oolong, Pu’Erh, Earl Grey y Tarry Lapsang Souchong, que era el té preferido de Sherlock Holmes. Llegó a casa hambriento y eufórico, como despertado de un sueño, olvidando lo que había intentado esa mañana, y entonces pensó que sería maravilloso leer Estudio en Escarlata con una taza de Tarry Lapsang en la mano. Sólo le faltaba la lluvia, pero esa tarde brillaba el sol.

-FIN-

David Valero

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RELATOS BREVES GANADORES DE OTRAS EDICIONES

 

2014 – Té para un dragón, de Caterina Peris.

2013 – La  Casa del Té, de Mª Dolores Haro.

2012 – Te de Nadal, de Mariló Àlvarez.