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Ganador del Concurso de Relato Breve 2015

Visitantes Nocturnos

(de María José Ceruti)

De todas las curiosas criaturas que pululan por este mundo, el estudiante en exámenes es sin duda una de las más fascinantes: un ejemplo vivo de que, incluso en situaciones perfectamente normalizadas (como vienen siendo los exámenes y las entregas de trabajos) el ser  humano  puede  forzar  sus  mecanismos  de  supervivencia  y  soportar  estados  de agotamiento, estrés y privación de sueño normalmente asociados con entornos extremos. Ciertamente,  hay  que  concederle  a  la  naturaleza  humana  su  inmensa  resiliencia. Especialmente teniendo en cuenta que fue la propia especie humana la que creó un sistema educativo diseñado para mellar la salud física y mental de sus ejemplares más jóvenes, que acaban inevitablemente naufragando frente a algún escritorio, con la mirada alucinada del insomne y temblando por la abundancia de cafeína que han consumido. O teína, si existe algún tipo de intolerancia.

Lo cual nos lleva a mí. Estudiante de tercero de arquitectura en pleno período invernal de entrega de proyectos, privada de sueño hace días, con demasiado té entre pecho y espalda y la esperanza definitivamente perdida. El AutoCad inútilmente encendido, y hasta las axilas de planos rechazados. Intentando por enésima vez cambiar de sitio la escalera de incendios de un estúpido auditorio. Con sus estúpidos paneles de hormigón y su estúpida iluminación cenital. Y su estúpida salida de incendios que no quería quedarse a la distancia reglamentaria de ninguna parte. Llevaba meses trabajando en el diseño de aquel endemoniado, peleándome con la instalación eléctrica y la distribución del espacio. Y ahora la jodida escalera de incendios  no  quería  colaborar.  Maldije  internamente  a  mi  profesor  de  Proyectos,  y  me maldije a mí también por haberme metido en aquel lío. De hecho ya que estaba maldije a le Corbussier, a Van der Rohe y a toda la pandilla y me quedé bastante cerca de coger mi taza de té a medio terminar y lanzarla por los aires. No lo hice, claro está, pero me tiré del pelo y dejé salir un grito ahogado que hizo eco en el pasillo desierto. Por suerte para mí, no había nadie a quien molestar: Haoyu y Elena ya había terminado sus exámenes y andaban por ahí de fiesta (los muy desgraciados) y Samira estaba pasando unos días en Casablanca con su familia. Yo era la única pringada de todo el piso que aún tenía proyectos que entregar. Grité por lo bajo otra vez (puede que diera uno o dos manotazos a la mesa) sólo para darme cuenta de que la vecina de al lado, estudiante también, estaba sentada a su escritorio en la ventana al otro lado del patio, mirándome alarmada. Lo que me faltaba. Con algo que (creo) se parecía a una sonrisa de disculpa, me levanté atropelladamente de la silla y bajé la persiana de mi habitación. Después volví a derrumbarme en el asiento.

No era justo. No había derecho, ciertamente. ¿Cuánto hacía que no me daba el sol? Digo más, ¿cuánto hacía que no lavaba mi ropa? Hasta donde yo recordaba llevaba un mes con la misma camisa de franela y los mismos pantalones de deporte, los cuales empezaba a sospechar que estaban a punto de ponerse a contar su propia historia. Al menos me duchaba de vez en cuando. O… Espera, ¿cuándo había sido la última vez que me duché? Dejé caer la cabeza junto al teclado del ordenador y gimoteé. No quisiera dar a entender con esto que soy una criatura patética ni nada por el estilo, pero espero que se me tenga en cuenta el contexto. Era una noche de fin de semana, el reloj daba las cuatro de la mañana y yo estaba a punto de ser aniquilada por un auditorio. Estudiar arquitectura no es fácil. Estar dos meses seguidos peleándose con el mismo proyecto no es fácil. Hacer que las escaleras de incendios se comporten no es fácil. Y todo esto se complica el doble cuando hace una semana que no duermes, y tu taza de té lleva dos horas sentada en el escritorio mirándote.

Levanté la cabeza para mirarla con odio. Ella me devolvió la mirada con unos ojos que eran del color del té oolong, dorado pálido con aguas verdes, y pestañeó despacio, sin inmutarse.

-¿No tienes nada mejor que hacer que estar sentada aquí mirándome?

Oolong arregló algunos pliegues de su hanfuazul con aire displicente antes de dignarse
a contestar.

-¿No vas a solucionar eso de la escalera?

-¡Eso no es asunto tuyo! -le ladré, con más mala leche de lo que pretendía, lo admito. Es  difícil  acertar  con  el  tono  cuando  estás  hablando  con  un  té  antropomorfizado  que posiblemente es fruto de tu imaginación perturbada.

-Quizá mañana lo veas de otra manera -comentó Oolong, acariciando su complejo moño de reluciente pelo negro.

-Quizá ya he bebido suficiente té para esta noche -gruñí, agarrando la taza de un zarpazo y levantándome para ir a la cocina. Un descanso. Eso era lo que necesitaba. Un descansito pequeño, y luego todo se aclararía. Volvería a mi habitación, solucionaría lo de la salida de incendios y dejaría de alucinar con tazas de té parlantes. Eso era.

-Por cierto -dijo Oolong a mis espaldas-, ¿has puesto el lavavajillas hoy?

-Déjame en paz -solté sin volverme.

-Niña, ¿por qué eres tan desagradable? -se lamentó Pu Ehr nada más salir yo al pasillo,
pasando por delante de mí como Pedro por su casa. Con un tupper.

-¡Eh! -lo llamé, indignada-. ¿Ésos son los macarrones de mi madre?

-Puede ser. En cualquier caso, ahora son míos -se rió él, con un brillo malicioso en sus ojos rojizos, antes de seguir con su vida como si tal cosa. El muy maldito. Por ahí no pasaba. Una cosa es que los tés te hablen, y otra muy distinta que te roben comida. Dónde vamos a parar.

-Eh. EH. Ven aquí ahora mismo. ¡Devuelve eso, capullo!

-Oh oh oh, no es necesario usar ese lenguaje -un sombrero de copa asomó por la puerta de la cocina, y debajo un bigote, y debajo Earl Grey, con su clásica expresión de superioridad moral-. ¿Es que tus padres no te enseñaron modales?

Inglés pomposo.

-No, me enseñaron a luxar hombros y a romper narices, así que quita de enmedio -lo aparté de un golpe de hombro para entrar en la cocina. Ya sé que la violencia no está bien, pero yo estaba teniendo una noche muy mala.

-Esta juventud -suspiró Earl Grey, y yo me tuve que contener para vaciar mi taza en el fregadero con calma. No está bien pegarle a la gente. Tampoco a los tés.

-Estoy bien -hablé para mí misma, agarrándome al borde del fregadero para no perder los nervios-. Estoy bien. Es sólo el proyecto que me tiene alterada. Es normal. No he dormido nada y estoy muy cansada. A veces la mente te hace ver cosas extrañas.

-Sí, vale, pero ¿has puesto el lavavajillas o no? -gritó Oolong desde mi habitación. Chillido,  taza  que  se  rompe  en  el  fregadero,  estudiante  de  arquitectura  que  se  vuelve levantando los brazos al cielo.

-¿Por qué no os largáis de una vez?

-No podemos ir a ninguna parte, my love -explicó Earl Grey, haciendo desaparecer una galleta bajo su espeso bigote-. Somos segmentos de tu imaginación. Un sari cremoso y un yukata verde pálido aparecieron en la puerta de la cocina.

-Eh, tíos -dijo Masala excitada, su trenza balanceándose de la emoción-. ¿Recordáis las bragas que creíamos que se habían perdido?

-¿Las de ositos? -preguntó a voz en cuello Pu Ehr desde el otro lado de la casa. A mí se me fue la sangre de la cara.

-¡Estaban detrás del sofá! -exclamó Sencha, igual de emocionada que su compañera-. ¡Venid a ver!

Se  oyeron  pasos  corriendo  desde  todos  los  rincones  del  piso  hacia  el  salón. Demasiados. Dios mío, ¿cuántas tazas de té me había dejado repartidas por la casa? Oolong tenía razón, tendría que haber puesto el lavavajillas. Si lo hubiera hecho esto no estaría pasando.

-No. No. ¡No! ¡Esperad! -corrí, pero ya era demasiado tarde; desde la puerta del salón se veía una aglomeración de cabezas curiosas bailando en torno al sofá y prorrumpiendo en risitas infantiles. Desesperanzada, me apoyé contra la pared del pasillo y me froté la cara. Ahí estaba yo, una adulta hecha y derecha, siendo humillada por una turba de tés entrometidos que querían ver mis bragas. Era como una pesadilla de cuarto de primaria, pero hecha realidad. Si es que podíamos llamar realidad a esto.

Noté un tirón en los pantalones a la altura de la rodilla. Me saqué la mano de los ojos con un gruñido.

-¿Y ahora qué?

-Señora -dijo Pai Mu Tan, poniéndome ojos inocentes. Casi me ablandé un poco. Casi-. Señora, se me ha acabado la cocacola. ¿Puedo servirme más? -me alargó un vaso recién vaciado con sus deditos pálidos. Levanté una ceja.

-Eso es mucha cafeína para un té blanco, ¿no?

-Por favor -ah, no, el pestañeo adorable no. Yo sólo quiero acabar el proyecto del auditorio y dormir de una vez.

-Sí, ve, ponte más cocacola. Total, es de Samira -dije, no sin cierta maldad. Estaba llegando al límite de mi paciencia.

Mientras Pai Mu Tan corría pasillo abajo, vi surgir entre la turba del salón a Darjeeling, sosteniendo las bragas de ositos (maldita sea la sentimentalidad que me había impedido tirarlas hacía años) y emprendiendo algo que parecía el monólogo de la calavera de Hamlet, pero en versión borracha. Esto era mi culpa por haberle puesto vodka al té. Sólo quería experimentar.

-¿Podéis por favor no…? -empecé en vano.

-¡Oh, pobres bragas! -bramó Darjeeling, recogiéndose la  kurta en ademán dramático, mientras el resto de tés lo jaleaban-. ¡Yo las conocí, Horacio: una prenda de osos infinitos!

-Yo me largo -mascullé, y me encerré en el baño de un portazo, cuidándome bien de echar el pestillo. Sólo un momento. Un momento para recuperar la calma. Eso era todo. Me senté en la taza del váter y respiré hondo. Esto no está pasando, me recordé. Esto es fruto de tu imaginación. Estás muy tensa, llevas muchas horas despierta y has bebido demasiado té. Dios, y yo que pensaba que el Red Bull era malo. Mamá siempre me andaba recordando que tuviera cuidado con lo que me metía, que los jóvenes hacíamos muchas animaladas cuando vivíamos solos y tal y cual. Si mi madre supiera. Jesús. Estaba tan metida en mi monólogo interior que no me di cuenta de que el baño empezaba a oler a hierbabuena hasta que fue demasiado tarde. Me volví despavorida hacia la cabina de la ducha justo a tiempo de ver un hijab verde asomando de la mampara.

-Ey -dijo Moruno, una revista de cotilleos enrollada bajo el brazo-. Se ha acabado el gel. ¿Les has dicho a los demás que se ha acabado el gel?

Me levanté del váter como impulsada por un resorte y traté de abrir la puerta. Me atasqué con el pestillo. Ah, no, nada de llorar. Ya tienes una edad.

-¿Te encuentras bien? -preguntó Moruno.

-Yo estoy muy bien. Estoy estupendamente -chirrié mientras conseguía abrir y me lanzaba al pasillo como una tromba.

-Estaré aquí si me necesitas -dijo Moruno, y volvió a su revista.

Nada más dejar el baño tuve que esquivar a Pu Ehr, que había encontrado la bicicleta plegable de Haoyu y estaba dándose un (temerario) paseo por el corredor, con Pai Mu Tan sentado en el manillar.

-¡Eh! -protesté, aunque a estas alturas ya no esperaba que me oyeran. Por el rabillo del ojo vi el pelo dorado de Manzanilla, frente a frente con las narices celtas de Irish Breakfast.

-Tú no pintas nada aquí -estaba diciendo éste-. No eres un té de verdad.

-¿QUIERES PELEA, ZANAHORIO? -berreó Manzanilla antes de saltarle encima con una violencia inesperada en alguien tan pequeño y redondito. Yo, por mi parte, ya había tenido bastante.

-¡Vosotros! -le grité al grupo del salón, interrumpiendo un animado flash mob. Varios pares de ojos se volvieron hacia mí. Darjeeling llevaba mis bragas en la cabeza-. Sí, vosotros. Me da igual lo bien que os lo estéis pasando, os quiero fuera a la de ya. Estoy muy ocupada, tengo trabajo que hacer y no toleraré que lo sigáis interrumpiendo. ¿Está claro? -silencio. Pausa incómoda-. Y si… -vacilé- y si no vais a largaros, por lo menos dejad de hacer ruido. No puedo concentrarme así.

-¿Ves? Ése es tu problema -dijo Oolong-. No sabes relajarte, corazón.

-¡Únete a la fiesta! -exclamó Masala-. ¡Tenemos confeti! -y para demostrármelo lanzó un buen puñado al aire, rociando a todos los entusiasmados tés. El griterío se reanudó como si yo nunca hubiera estado allí.

-Que os den -dije, y cerré la puerta del salón con rabia, pisando fuerte pasillo abajo-. ¡Que os den! ¡Estoy harta de vosotros! Yo sólo quiero acabar el puñetero proyecto y dormir como una persona normal. ¡Soy una estudiante de arquitectura, no una niñera de tés! ¡No sé qué he hecho para merecerme esto, pero tened por seguro que como no desaparezcáis en diez segundos juro por mi madre…!

Se oyó traquear la cerradura de la puerta principal, y acto seguido emergieron Haoyu y Elena, interrumpiendo mi perorata con su aura de risas y champán. El piso, vacío de repente, estaba en completo y profundo silencio. Hubo cierto intercambio de miradas desconcertadas.

-Se acabó -establecí rendida, tomando rumbo hacia mi cuarto-. Ya lo acabaré mañana. Me voy a la cama. ¡Me voy a mi puta cama!

-Esa lengua -dijo la vocecita remilgada de Earl Grey desde la cocina. Yo cerré mi cuarto de un portazo.

Mañana iba a tener que pasarme a la leche caliente.

María José Ceruti

 

Relatos Breves Ganadores de Otras Ediciones

 

2014 – Té para un Dragón, de Caterina Peris.

2013 – La Casa del Té, de Mª Dolores Haro.

2012 – Te de Nadal, de Mariló Àlvarez.

2011 – Té para un moribundo, de David Valero.